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29.10.2019 / J


LA MÚSICA EN SOPORTE DIGITAL
NUNCA FUE TAN FÍSICA


Hace 20 años que Napster irrumpió en la industria musical como una alternativa a los soportes y las formas de consumo tradicionales.

Año 1999. Una Cher resurgida de las cenizas reina con tiranía en el Billboard. Mientras el mundo entero baila su "Believe", irrumpe Napster, el primer servicio de distribución de archivos de música en formato digital. Su estallido hace sacudir los cimientos de una industria a prueba de miles de vatios de sonido. Los súbditos de Cher corren a descargarse el hit. Y, de paso, los de TLC, Cristina Aguilera, Britney Spears, Sugar Ray, Lenny Kravitz y Enrique Iglesias. Los downloads se cuentan por millones. Como también las pérdidas de las grandes discográficas que, atónitas, sacan el bozal a sus servicios jurídicos. Demandas, litigios y sentencias judiciales. Para cuando los lobbies consiguen derribar Napster, el formato digital ya se ha impuesto. Primera consecuencia: los expertos diagnostican el estado terminal de los soportes tradicionales. Digamos adiós a las cintas de casete, los CD y los vinilos, y demos la bienvenida a los bytes, los MP3 y las formas paralegales —y a veces incluso clandestinas— de las webs de descarga. Puede parecer un mero cambio físico, pero es un cambio de paradigma. Sociológico. Disponer (hasta aquel entonces) de cientos de canciones en el bolsillo permite poner banda sonora a la vida. Steve Jobs se da cuenta, intuye un filón, la oportunidad de poner una de sus manzanas en cada hogar. En 2001 crea iTunes, el armisticio entre las discográficas —que comprenden que difícilmente volverán a vender un disco entero— y los consumidores —que por un solo dólar ahorran el dolor de cabeza de tener que escrutar la red en busca de una canción. Y crea el iPod, el aparato con el que Apple cierra el círculo, con el que la banda sonora se hace materia y la música de nuevo física. Ya no sólo se escucha: por primera vez se toca y, convertida en objeto de deseo, se contempla.

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Año 1933. N. C. Madsen funda en Dinamarca Vifa, una empresa que desarrolla altavoces para Bang & Olufsen. Y no es hasta el 1980 que la compañía lanza al mercado su propia línea de productos de audio. Los casi 50 años entre una y otra fecha coinciden con la eclosión de un movimiento escandinavo de diseño que florece esencialmente en el ámbito doméstico (mobiliario, iluminación, textiles, cerámica) de la mano de diseñadores y arquitectos como Alvar Aalto, Arne Jacobsen, Borge Mogesen, Hans J. Wegner, Verner pantomimo, Poul Henningsen o Maija Isola. Al margen de depurado, de orgánico y de humano, es un diseño eminentemente cálido. El contraste con el clima de la zona, más que una paradoja, es una consecuencia. En según qué latitudes, el confort no es una opción. Es un instinto que se transmite. Los productos Vifa son herederos de esta tradición de entender la manufactura, de entender el compromiso de cualquier objeto con su entorno inmediato. Carcasas de aluminio pulidas a mano, tejidos de primera calidad, piel.

Año 2019. Nace Mundana. De Cher nadie se acuerda; Spotify ha batido iTunes; los móviles a los iPod; los vinilos —moribundos antes incluso de Napster— gozan de una madurez envidiable. Pocas certezas. De entre las que quedan, la idea de que la música es parte del atrezzo fundamental de aquellos momentos que merecen ser recordados.